Fautriers,
un ilustrador marsellés de mediados del XVIII, diseñó
lo que se podría considerar como la última edición
del Tarot, modificada sólo en pequeños detalles
-sospechosos de fantásticos en buena medida- por Stanislas
de Guaita y Oswald Wirth. Pero es indudable que no es Fautrier
el creador de esta vasta simbología, sino una suerte de
codificador de lo que cuatrocientos años de artesanía
colectiva pusieron entre sus manos.
Casi
dos siglos antes del trabajo del marsellés, Garzoni conoció
un Tarot poco menos que idéntico (las series eran denominadas
monetae, xyphi, gladii y caducei, y al valet o sota se lo describía
como El Viajero); al tarocchino, de Francesco Fibbia, sólo
le faltan 16 cartas de menor importancia (del dos al cinco de
cada palo) para gozar de parecida similitud, y el llamado «tarot
de Besançon» presenta apenas una diferencia de tipo
mitológico: el reemplazo de los arcanos II y V (La Sacerdotisa
y El Pontífice), por las figuras de Juno y Júpiter.
Existen
variantes más significativas, como el Minchiate florentino,
que a mediados del siglo XV ofrecía una colección
de 95 naipes, de los cuales cuarenta eran arcanos; o el juego
denominado Trappola, al que no puede considerarse propiamente
un Tarot ya que, al margen de faltas menores (no tiene reinas,
ni los números del tres al seis), carece de arcanos.
El
más famoso de los competidores del Tarot es, sin duda,
el atribuido a Mantegna llamado también Cartas de Baldini.
Son cincuenta arcanos, divididos en cinco series de diez naipes
cada una, y su tendencia enciclopédica lo relaciona más
con el carácter pedagógico del naipe chino (Mil
veces diez mil), que con la evolución de la baraja occidental.
Así, la primera de las decenas marca la jerarquía
de las clases sociales (mendigo, sirviente, artesano, comerciante,
gentilhombre, caballero, duque, rey, emperador y Papa); la segunda
representa a las nueve musas, complementadas por Apolo; la tercera
alude a las ciencias, y la cuarta a las virtudes. La quinta serie,
finalmente, incluye los siete planetas, la octava Esfera, el Primer
Móvil, y la Primera Causa. Wirth -que conoció dos
ejemplares de las Baldini, de 1470 y 1485- asevera que su autor,
neófito en materias esotéricas, intentó ampliar
y mejorar por su cuenta un modelo de Tarot que le parecía
insuficiente e incomprensible, rellenando estas supuestas carencias
con concesiones a la filosofía de la época.
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